se ha subido al tren un hombre pequeñito, con una baraja de cartas viejísima en las manos, y se ha sentado a mi lado.
baraja las cartas sin cesar, para, se humedece el dedo con la lengua, las mira, selecciona tres o cuatro, y las vuelve a barajar. como un tic, una obsesión, una manía... no sé en qué consiste su juego... se me ocurren varias posibilidades, varias historias, o quizá ninguna porque ninguna es la historia de esas cartas, ligeramente más grandes que las de ahora, de cartón duro, picadas por el uso, descoloridas por el tiempo...
casi siento ganas de tocarlas, casi me gustaría que me dejara jugar con él.
no parece triste, ni contento. viste un traje de chaqueta antiguo, y corbata. está un poco calvo, desdentado, y lleva una barba cana de dos días. sus manos, a pesar de las manchas de la edad, aparecen sorprendentemente jóvenes, con la piel tersa y las uñas limpias y bien cortadas.
baraja las cartas, las baraja una y otra vez.
a veces, cuando deja de barajar las cartas, las recorre con el dedo pensativo, y parece que no acierta a decidirse por cuál escoger... y entonces no escoge ninguna, y sigue barajando. no sé con qué criterio las coge, pero está claro que no se trata de un juego de azar, puesto que las cartas no están vueltas, sino descubiertas, él baraja todas las opciones pero al final parece escoger un poco al tuntún. como si estudiara el comportamiento de las cartas, como una estadística más que como una lotería.
empiezo a ponerme nerviosa, percibo hasta el sonido de las cartas al rozarse unas con otras. lo miro con insistencia pero él, imperturbable, no parece prestar más atención que a sus cartas...
¿qué son las cartas?
***
ahora las mete en una bolsa de plástico, la cierra cuidadosamente y las guarda en el bolsillo de su chaqueta. creo que se baja en la siguiente parada.
¿adónde se las llevará?
3 comentarios:
cómo dices que barajeaba?
no sé, voy a ver qué dice el diccionario...
y en el 26 de la calle alarilla cuestionan la calidad del diccionario
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