firme, recta
como la garza
estoica, erguida, imperturbable
sobre una palma
toda ella suspendida
en equilibrio
(qué esconde bajo el plumaje
blanco, rosa y frío)
–así me quieres–
sola, entera,
entre los cañaverales
del lago, calmo y sombrío
y abajo, el río
que lleva tus aguas
(quién sabe si el viento
la hará temblar)
la lenta brizna cargada
de lluvia
del aire -de las palabras- que susurrabas
-aquí en mi oído-
y que hoy exhalas
desde alta mar
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